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Polemizando

Felicidades Su Majestad CMHW

No hay engreimiento o vanidad en que mi emisora quiera llamarse reina. Al cumplir 80 años la reverenciamos como súbditos a su monarca, apenas como una pequeña recompensa para aliviar el peso de una deuda contraída con ella por tan extenso tiempo. Es que la W ha estado siempre ahí desde el amanecer, aportando, sin fallarnos jamás ni pedir nada a cambio con ese desprendimiento formador. Y hablo desde la perspectiva del oyente porque yo también lo soy, desde niño, cuando me faltaba de todo menos aquel radio grande como un aparador que hurgaba curioso para tratar de descubrir de donde salían tan maravillosas voces.  Desde allí nació mi testarudo amor a la noticia y podía memorizar los nombres de locutores, asesores, operadores, actores  o periodistas. Pasó el tiempo y crucé su puerta señorial una fría mañana de marzo de 1985 con la timidez propia del joven labriego que siempre cree estar recibiendo más de lo que aspira. Quizás por ello también la he disfrutado tanto. Aquellas personas famosas que admiraba de niño se convirtieron en compañeros y amigos y no solo supe que eran también de carne y huesos, sino que me enseñaron a convivir con el talento y la sensibilidad. Desde entonces estaban los micrófonos en ristre junto a la gente común, lo mismo trasmitiendo desde el cañaveral que tocando puertas con su indiscutible autoridad en busca de respuestas. Y la agudeza profesional colectiva crea un ambiente que contagia, obliga a no quedarte atrás, y te lanza a demostrar que también tú puedes. Así ha ocurrido siempre con los jóvenes que llegan. Con cuanto orgullo disfrutamos hoy que el emblema  de nuestra emisora se haya convertido en carta de presentación donde quiera que llegues. Es la obra de todos aquellos que forjaron su historia de 80 años y de quienes impiden hoy con ímpetu renacido que le nazcan arrugas. Yo, que nací algo díscolo  para homenajes y más aún para pleitesías o lisonjas, me arrodillo sin temores ante su majestad, la CMHW,  que me ha dado tanto como la madre que arrulla con cariño al hijo, y juro que estaría dispuesto a todo por complacerla. Después de casi treinta años de trabajo aquí solo me atrevería a pedir que nadie se le ocurra jamás privarme del derecho de amarla.  

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