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Polemizando

La broma del comandante Juan Almeida

 

Espontáneo es el cariño del pueblo por Juan Almeida Bosque. Lo ganó no solo con su historia desde que cambió por el fusil la cuchara de albañil, sino porque a la disciplina y la lealtad unió un carácter sensible y afable. Cinco años han transcurrido ya desde su muerte y yo lo sigo viendo caminando junto a Fidel y Raúl, con la sonrisa campechana en el rostro y el mismo corazón que gritó en aquel momento extremo de la guerra en la Sierra, la frase que inculcó en millones de cubanos no hablar jamás de rendición. Tengo vivos recuerdos del heroico Comandante en algunas coberturas de prensa, pero más me marcó su rostro aprobatorio mientras exponía criterios polémicos en una asamblea provincial del Partido presidida por Raúl en noviembre de 1999, porque Almeida como sus jefes, nunca temieron ni a las balas ni a las palabras. Después lo contemplé durante cinco años en la Asamblea Nacional con su modestia innata, parecía el mismo joven que se le había escapado a la muerte detrás de una cuchara en El Uvero, siempre presto a saludar, a escuchar, sin el menor atisbo de jactancia a pesar de la altura de sus méritos. Pero Almeida no solo fue el revolucionario ejemplar, el dirigente popular que los santiagueros conocieron más de cerca, el recto y justo jefe que dejó su impronta en esta región del centro del país. Era también el músico constructor de un arte alejado del espíritu sensiblero como esa Lupita encaramada para siempre en el alma del pueblo. Pero Juan Almeida Bosque era también un bromista, que hacía un chiste en un instante como cualquier cubano. Lo que relataré me lo contó Miguel Díaz Canel, entonces primer secretario del Partido en Villa Clara al otro día de la Tribuna abierta de Manicaragua en el 2001, donde tuve el privilegio de hablar y que fuera presidida por el y por Raúl. Comencé mis palabras diciendo “Vengo a hablar al pie de estas montañas que me vieron nacer y crecer cuando los enemigos quisieron convertirlas en guarida del odio y la traición”…Como no fui dotado de una estatura alta, el comandante Juan Almeida, con la picardía propia del cubano, aclaró de inmediato: “Las montañas lo habrán visto nacer, pero no crecer”.

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