Cuando el delito sea una enfermedad
“Llegará el día en que el delito sea considerado una enfermedad y se trate en los hospitales”, dijo una vez con su mente cargada de sueños, el extraordinario periodista cubano Guillermo Cabrera, bautizado como el genio por Fidel. Recuerdo por cierto con nostalgia su sección Abre Cartas en el periódico Granma donde lo mismo escribía un custodio que un recluso y finalizaba siempre con su respuesta firme, fraternal y orientadora. Cada día necesitamos más espacios donde se manifieste el control popular sobre la sociedad, donde la voz del pueblo se escuche directamente lo mismo para reconocer un buen servicio recibido que para denunciar a un corrupto, una indisciplina, delito o ilegalidad, en ocasiones con el actor de la fechoría infraganti. A eso tenemos que llegar para adecentar la sociedad, que nadie pueda voltear impunemente un carretón de escombros en plena calle, o romperla a golpe de pico sin asumir su arreglo, o acaparar un producto y revenderlo descaradamente. Y hay que perfeccionar a mi modo de ver los espacios que ya existen para que no funcionen apenas como un gran saco para el desahogo social porque después los responsables de los problemas denunciados muchas veces ni se dan por aludidos, que es el último rostro de la indolencia. El enfrentamiento masivo a todo lo que deteriora la sociedad es el mejor antibiótico para combatir la desidia y recomponer la decencia, que siempre hará prevalecer los valores sobre el dinero. Injustificados estaríamos ante la historia si permitimos que los nuevos ricos se conviertan en los patrones a seguir porque ante ellos cada puerta se abre aunque su dinero sea el resultado del robo, la extorsión, el lucro o la corrupción de quienes se apropian de lo que el estado puso en su manos para protegerlo. Son tiempos de poner de ejemplo a los incorruptibles, a quienes no se dejan comprar, ni caen en las redes de los que hacen primar el sociolismo sobre el deber. Hablo de esos que por su conducta caen mal, quedan a veces entre dos fuegos y son escrutados con lupas en busca del error que permita el chantaje. Tengo ejemplos de quienes han hecho denuncias que no han prosperado y el paso de los años ha puesto la razón en su lugar. No hay tiempo que perder si queremos impedir que se conviertan en grandes salideros los pequeños, mellando el entusiasmo y la confianza.
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