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Polemizando

Custodios de la libertad

Custodios de la libertad

 

No puedo dejar pasar el día del educador sin compartir una sugerente anécdota. Me la contó una fuente de entero crédito. Mi profesor de literatura en el preuniversitario Tony Santiago de Manicaragua  fue el eminente Rafael González, actual director del Grupo de Teatro Escambray. Todos sus alumnos lo  reverenciábamos por su sensible carácter y excepcional talento. Un día los cocineros por la confianza que trasmitía a todo el mundo, se aventuraron a comentarle con cierto misterio que a él le decían a sus espaldas un nombrete o apodo. Rafael intrigado quiso conocerlo. A usted le dicen Licenciado, le dijeron. Imaginen la carcajada de mi querido profesor.  Pero me niego a ver solamente la arista del humor. Como no iba a ser perfectamente creíble  en aquel año 1978, cuando Rafael era el único licenciado de mi escuela, un novedoso título que entonces  parecía nobiliario porque solo 20 años antes el país estaba plagado de analfabetismo. Los años han pasado. Mis colegas se asombraron recientemente cuando les comenté que en primaria no conocí el uniforme en la escuelita rural Mártires del Humboldt 7 de Venturilla y solo me pude poner orondo mi corbata por primera vez con aquel bello traje azul de poliéster que me entregaron al comenzar la enseñanza secundaria en la ESBEC Carlos Roloff de Cumanayagua. Solo por lo que ha hecho el país por educarnos vale la pena  dar la vida defendiendo los sueños de Martí materializados por Fidel en ese campo. Cuba se inundó de licenciados siguiendo la ruta trazada por Conrado Benítez, Manuel Ascunce y Delfín Sen Cedré, despojados de la vida solo por  atreverse a alfabetizar a nuestros humildes campesinos. Que horror.  Nuestra justa venganza ha sido construir un pueblo culto como garantía principal de que sabrá custodiar la libertad. No todos pueden ser hoy licenciados, ingenieros o doctores, hacen falta brazos para producir los bienes que el hombre reclama, pero ahí está incólume  la igualdad de oportunidades para todos, y solo la consagración al estudio  y el talento pueden ir decantando hasta que punto escalamos la ladera del conocimiento. No fui profesor a pesar de la insistencia de entonces. No me arrepiento. Respeto demasiado esa profesión para haberla asumido sin haber estado seguro de mi vocación. Trato de saldar esa  deuda con el agradecimiento a todos los maestros, a quienes admiro como actores,  del mejor oficio al que pudiera dedicarse la vida.

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