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Polemizando

CELAC: Los árboles se ponen fila.

Cincuenta y dos años exactos habrán transcurrido este 31 de enero de aquel infausto día en que las indicaciones del imperio fueron asentidas en Punta del Este y la OEA adoptó el acuerdo que intentaba separar a Cuba de la América Nuestra. La cumbre de la CELAC en la Habana pareciera un desagravio hacia aquel acto infortunado que vio levantarse en solitario el brazo del delegado de la Habana, ante el cobarde acecho de las oligarquías. Como paradoja de la historia quedó el primer punto que nos acusaba de quebrantar la unidad y solidaridad del hemisferio. Pero los pueblos no dejaron morir a Bolívar y a Martí y parieron nuevos líderes para defender su legado. Ya sabemos cuanto valió la pena que Cuba resistiera con Fidel al frente. Un humilde llanero de Barinas levantó con tal fuerza la espada del libertador desde su propia cuna que despertó a los dormidos en la América indígena y los enroló en el mayor esfuerzo que jamás vivieron nuestros pueblos por unirse. Como acto de justicia,  la historia reconocerá a Fidel y a Chávez como los padres fundadores de la CELAC.  Por primera vez existe una tribuna para discutir los problemas de manera solidaria, sin las frías imposiciones traídas por los vientos que soplan desde el norte.  El unánime reconocimiento a la presidencia de Cuba prueba su lealtad a la vocación unitaria en un entorno de diversidad. Queda mucho camino por andar, pero se funden vigorosos cimientos para asegurar el triunfo, los pueblos verifican que sus líderes no llegan a la Habana con poses demagógicas sino a trazar estrategias que permitan superar la vergüenza de la desigualdad, el hambre y la pobreza,  de la que son víctimas todavía millones de latinoamericanos y caribeños. Todo un continente se convierte en valladar contra los incendiarios al erigirse en zona de paz . En la propia capital cubana se busca afanosamente desde el año anterior,  el final del conflicto  más añejo que tiñe  todavía con sangre innecesaria a una nación hermana.  La CELAC convertirá a nuestra región en la gran arboleda que alimentará con frutos suficientes las esperanzas de nuestros pueblos tantas veces pospuestas. Ha sido posible porque, sus árboles van poniéndose en fila, mientras se queda cada día más aislado en su egoísmo, el gigante de las siete leguas cuyas ansias imperiales descubrió José Martí.

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