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Polemizando

La sonrisa agradecida de Víctor Manuel

Apenas 12 años tiene Víctor Manuel, una edad que entiende muy poco de las leyes. Por supuesto que jamás ha leído la declaración universal sobre los derechos humanos. Menos él que gusta  más de los números y de montar a caballo en la finca donde vive a unos tres kilómetros de Manicaragua. Hace un tiempo cayó de una mata desde la altura de unos siete metros y ocupó por varios días una cama en el Hospital Infantil José Luis Miranda. La familia no pagó un centavo aún cuando el accidente fuera obra de su travesura. Pero Víctor Manuel ha madurado mucho últimamente. Lleva año y medio viendo partir todavía oscuro en un taxi para Santa Clara a la abuelita que él adora,  todos los martes, jueves y sábados,  para recibir tratamiento de hemodiálisis debido a una insuficiencia renal crónica  provocada por la diabetes.

El niño Víctor Manuel no sabe de derechos humanos pero si es un lince cuando se pone a sacar cuentas. Sabe que solo en gasolina el taxi ha gastado hasta la fecha más de dos mil litros en 216 viajes y que el pago a un transportista particular al precio actual rondaría los cien mil pesos. Y solo hemos hablado de la transportación.  Víctor si sabe,  porque en la familia ha escuchado hablar sobre estos temas aunque no pueda manejar cifras exactas,  que el tratamiento de hemodiálisis que recibe su abuelita costaría miles de dólares en cualquier otro país del universo y cuando las familias son de bajos ingresos, significa la muerte inexorable. El niño sufrió mucho en octubre y noviembre durante los más de 50 días que estuvo su abuelita ingresada en el Arnaldo Milián. Da gracias a quien tuvo la magnífica idea de instalar teléfonos en las salas para poder hablar con ella. No dudo que sus palabras de aliento contribuyeron a que la abuelita disfrutara el egreso cuando los propios médicos se aferraban apenas a un hilillo de fe mientras la atendían de manera exquisita en la sala de terapia intermedia. Ya está en la casa la abuela de Víctor. Nadie le ha pasado factura a su humilde familia después de tantos gastos. ¡El único pago ha sido la sonrisa agradecida de Víctor Manuel y su orgullo por haber nacido en Cuba, aunque nada conozca todavía  sobre la declaración universal de los derechos humanos!  

 

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